La historia oficial del peronismo expresa que los
primeros síntomas de la enfermedad de María Eva Duarte (“Evita”), se
manifiestan el 9 de Enero de 1950 al sufrir un desmayo en el acto de
inauguración del Sindicato de Choferes de Taxis. Los primeros auxilios los
presta el Médico y Ministro de Educación Oscar Ivanissevich, presente en el
acto, que la operaría el 12 de Enero de apendicitis, constatando la existencia
de un cáncer de útero. Los requerimientos para su extirpación fueron rechazados
por “Evita”, ante un médico que no tuvo más remedio que renunciar al cargo por
decoro. Según Gambini (“Primera Plana”, 1967), la enfermedad habría sido detectada
por Ivanissevich a fines de 1947, cuando Perón le requiere un examen de su
esposa al retorno de la gira por Europa. Que su dolencia ya era visible
durante una recorrida realizada por Formosa, a mediados de 1949. El avance del
carcinoma endofítico, fue constatado por los médicos Humberto Dionisi y Julio
Lascano González en los primeros días de Noviembre de 1951, durante la
internación de Evita en el Policlínico Presidente Perón de Avellaneda. Se tomó
la decisión de requerir la inmediata intervención del cirujano estadounidense
George T. Pack, miembro del Memorial Sloan-Kettering Cancer Center de Nueva
York. Sin querer cobrar honorarios, vino y se fue del país luego de una
delicada cirugía, en la que fuera asistido por los médicos argentinos Abel
Canónico y Jorge Albertelli. Desde que salió de los efectos de la anestesia, a “Evita”
se le dijo que la cirugía fue realizada por el Dr. Ricardo Finochietto, debido
a su animadversión a los norteamericanos. Pack había entrado a la sala de
operaciones cuando se encontraba dormida, y salió antes de que despertara.
El 11 de Noviembre de 1951, las autoridades
electorales se trasladaron hasta su lecho de enferma, sito en Palacio Unzué
(por entonces residencia presidencial), para que emitiese su voto en las
elecciones presidenciales. Un histórico día que terminó con la aberrante
discriminación electoral de millones de mujeres argentinas. Pese a la operación
realizada por George Pack, la enfermedad siguió causando estragos en el físico
de la paciente. No le impediría asistir el 3 de Abril de 1952 al velatorio del
vicepresidente Juan Hortensio Quijano, quién la reemplazara tras su renunciamiento
y que por ironías del destino tampoco asumiría el mandato. Pese al devastador
avance de una enfermedad que había dejado piel y huesos en un cuerpo que pesaba
38 Kg., a seis días de cumplir sus 33 años y sostenida por Perón de la cintura,
María Eva Duarte pronunciaba su último discurso el 1º de Mayo de 1952 desde los
Balcones de la Casa Rosada.
Ahíta de morfina, tratando de mantenerse en pié con un
soporte de yeso disimulado bajo el sacón de pieles, tendría un último aliento
para asistir el 4 de Junio a la asunción presidencial de Juan Domingo Perón. Provista
de un disimulado corset que la sujetaba al asiento y parabrisas del automóvil
descapotable, resistió con estoicismo el trayecto desde la residencia
presidencial de Palacio Unzué hasta el Congreso. El fin se aproximaba luego de
una nueva y penosa internación. En su lecho de Palacio Unzué, fallecería
en las primeras horas de la tarde del 26 de Julio de 1952. El gobierno lo
determinaría a las 20,25 hs., haciendo coincidir su fallecimiento con la misma
hora de su casamiento del 10 de Diciembre de 1945 en la Iglesia de San
Francisco. El público tomó conocimiento minutos antes de las 21 hs, luego del
anuncio radial de su entrada a la inmortalidad, desatando escenas de dolor en
un pueblo que expresaba su congoja en
todas las regiones del país.
Se decretó duelo nacional por treinta días, con luto
obligatorio durante tres días. Las exequias públicas se prolongaron durante
catorce días, con el incesante desfile de más de medio millón de personas que
besaba la tapa del ataúd transparente en la capilla ardiente de la Secretaría
de la CGT, como expresión de cariño e infinito dolor ante el cadáver
embalsamado por el médico español Pedro Ara. Se lo vistió con un sudario blanco
y un crucifijo de oro entre los dedos regalado por Pío XII. Luego cubierto con
la bandera argentina. La sucesión de imágenes de inenarrable congoja, serían
registradas por el Camarógrafo Californiano Edward Cronjagar de la 20th Century
Fox, contratado por la Dirección de la Subsecretaría de Informaciones. Sería el
primer documental a colores realizado en el país, bajo la pertinaz llovizna
invernal de Bs.As.. El 9 de Agosto, el féretro fue colocado sobre la cureña y
trasladado para su postrer homenaje al Congreso Nacional. De allí llevado al
segundo piso del edificio de la CGT, donado por la Fundación Eva Perón.
Permanecería en una sala-capilla con un cuadro de la Virgen de Luján. Luego que
Ara terminara su labor de embalsamamiento en Julio de 1953, pudo ser visitada
por un reducido grupo de invitados, hasta tanto se terminara la construcción de
un monumento en su memoria.
El 17 de Octubre del 1952, Perón leyó públicamente el
testamento de su esposa, anunciando la creación de la “Fundación Evita”,
totalmente independiente de la "Fundación Eva Perón". Disponía que sus joyas,
legadas al pueblo, fueran guardados en su sede hasta tanto finalizara la
construcción del monumento. Según los planos, la obra tendría una altura mayor
que la Estatua de la Libertad, instalada en una pequeña isla frente al puerto
de Nueva York. Sus bases comenzaron a construirse en terrenos de la antigua
cancha del Club River Plate, frente a donde hoy se encuentra Televisión Pública Argentina (ex Canal 7 y ATC). Cuando se produce el derrocamiento de Perón, la
construcción se encontraba inconclusa en su mayor parte. La Revolución Libertadora
dispuso la finalización del proyecto de obra, y su adaptación para
colocar allí la estatua del General José Gervasio Artigas. Pedro Ara se hizo cargo de
la custodia y mantenimiento del cuerpo embalsamado, servicios por los que cobró la suma
total de 100.000 dólares en dos pagos. Relata el escritor colombiano Gabriel
García Márquez, en una nota del 5 de Setiembre de 1983 (citado por Dujovne
Ortiz, en “Eva Perón. La biografía”, Ed. Aguilar, Bs. As. 1995),
que el médico español montó guardia en la antecámara de la enferma durante los largos
días que duró la enfermedad, puesto que, para la mejor conservación del cuerpo,
los primeros trabajos debían realizarse en el mismo instante de su muerte. Si
bien Ara no dio mayores explicaciones del método utilizado (“El Caso Eva Perón-
Apuntes para la historia”, 2ª Ed. CVS, Madrid 1974), según los dichos del
médico Domingo Tellechea que años más tarde lo restauró (también citado por
Dujovne), se utilizó el antiguo método de momificación española, trabajándose
el cuerpo con una solución de formol y cloruro de zinc, infiltrado en las zonas
internas y subcutáneas del trayecto sanguíneo a partir de la carótida. Agregándosele ácido fénico, borato, bicloruro de mercurio y arsénico, rellenándose
algunas cavidades con parafina pura, como paso previo a su cobertura con una
capa plástica de cera dura.
Evita había encomendado la redacción del libro “La
Razón de Mi Vida” al periodista español Manuel Penella de Silva, cuya
publicación se demoró debido a las objeciones de Perón, que encargó
correcciones al Ministro de Asuntos Técnicos Raúl Mendé. Fueron tantas las
modificaciones introducidas, que se perdió la esencia del original cuyo
contenido había conmocionado a quién figuraría como autora. Postrada por su
enfermedad y avizorando el fin de sus días, “Evita” no puso reparos a la
publicación de un libro ya irreconocible por los arreglos de Mendé, llenos de
pletóricas frases y encendidos elogios a Perón. “Mientras el libro fue mío,
también fue de ella”, cita Dujovne Ortiz el desolado pensamiento de Penella, y
las palabras de agradecimiento que recibiera de aquella en su lecho de enferma,
cuando en Octubre de 1951 fuera a despedirse antes del retorno a su país:
“Gracias por el libro, es el hijo que no tuve”.
El 16 de Setiembre de 1955, un grupo de oficiales dirigidos desde
Córdoba por el General Eduardo Lonardi, bajo la consigna “Cristo Vence” y la
contraseña “Dios es Justo”, iniciaría el proceso del golpe de Estado que
culminó con el derrocamiento del Presidente Perón. A ellos se plegaría la
marina al mando del Almirante Isaac Francisco Rojas, que contó con el apoyo de
la jerarquía de la Iglesia Católica, la Unión Industrial Argentina, Radicales,
Conservadores, Socialistas, y un Partido Comunista Argentino que naufragaba en
sus eternas contradicciones bajo la dirección de Vittorio Codovilla. Perón
buscó asilo en la cañonera “Paraguay” del vecino país, que se encontraba en
reparaciones en el puerto de Bs.As. De allí se trasbordaría al hidroavión
“Catalina”, que lo lleva a Asunción. Comenzaría así un largo exilio de más de
18 años, que desde Paraguay pasaría por residencias provisorias en Panamá,
Nicaragua, Venezuela, Santo Domingo (luego llamada República Dominicana).
Llegaría a España en 1960, donde viviera hasta su retorno definitivo a la
Argentina el 20 de junio de 1973, tras un primer acercamiento al país el 17 de
Noviembre de 1972, cuando en medio de una lluvia torrencial descendiera de un Boeing
707 de Alitalia en el Aeropuerto de Ezeiza, acompañado de una numerosa comitiva
de dirigentes políticos, sindicalistas, artistas y curas villeros.
El
cabecilla de la autodenominada “Revolución Libertadora”, duró en la presidencia
de facto el efímero lapso de sus expresiones públicas. Entre ellas, la voluntad
de limitar en el tiempo la “desperonización” de la sociedad argentina, para
llamar luego a elecciones con la participación de “un peronismo sin
Perón”; que remató con el lema que en esa lucha “no hubo vencedores, ni
vencidos”, como rémora a la expresada por Justo José de Urquiza y Manuel Oribe
en el armisticio del Campamento del Cerrito (Uruguay), reiterada luego por el
entrerriano en Caseros. Ello sería el catalizador de la destitución de Lonardi
el 13 de Noviembre del mismo año, por sectores liberales antiperonistas de la
armada y el ejército que se consideraban vencedores, abjurando todo trato con
el vencido. En su lugar asume el General Pedro Eugenio Aramburu, llevando al Almirante
Isaac Francisco Rojas como Vice. Entre las primeras medidas del facto, estuvo el
dictado de las “Directivas Básicas del Gobierno Revolucionario”, dirigidas a la
disolución del Partido Peronista (reservándole el nombre de “Totalitario”) y la
Confederación General Económica. Con oficiales de las fuerzas armadas, se
intervino la CGT y los sindicatos, encarcelando a todos sus dirigentes. Se dictaron
medidas económicas favoreciendo a latifundistas e inversionistas financieros,
derogando las Convenciones Colectivas de Trabajo, impidiendo que los
trabajadores acordaran mejoras salariales y laborales. Se prohibió la alusión
al nombre de Perón, respecto al cual debían usarse referencias tales como
“Tirano Prófugo” o “Innombrable”. Los trabajadores reaccionaron paulatinamente,
con un plan de lucha planificado en torno a los “Comandos de Resistencia”, con
pintadas de paredes, sabotajes a fábricas y colocación de bombas. Aramburu
respondió con la sanción de la Ley Marcial, desatando una ola represiva que
dejó un reguero de muertos y detenidos.
El
precipitado exilio de Perón en el Paraguay, dejó al embalsamador Pedro Ara como
único responsable del cadáver de “Evita”, hasta que Lonardi dispusiera su
examen por los médicos forenses Nerio Rojas, Julio César Lascano González, y
Osvaldo Fustimoni. Al intervenir la CGT el 16 de Noviembre, Aramburu tomó
también la decisión de hacer desaparecer el cadáver, para darle sepultura en un
lugar y con un nombre ignoto. Aún muerta, María Eva Perón seguía despertando el
odio y el temor de los militares golpistas, que veían en ella el emblema de una
latente rebelión popular. Por entonces nuestro país “era un cuerpo de mujer
embalsamado”, diría Eloy Martínez Tomás (“Santa Evita”, Ed. Seix Barral,
Barcelona 1995).
El
Teniente Coronel Carlos Eugenio Moori Koening, titular del Servicio de
Inteligencia del Ejército (SIE) e hijo de un militar muerto en la Primera
Guerra Mundial, fue encargado de ejecutar los primeros pasos de la “Operación
Evasión” dispuesta por Aramburu. En las últimas horas del 24 de Noviembre de 1955,
se presenta en junto a otros militares en el Edificio de la CGT, requiriendo a
Pedro Ara la entrega del cadáver, para cargarlo en un furgón conducido por el
Capitán Frascoli con destino desconocido. Encomendado por Aramburu, en Febrero
de 1956 Koening viaja al exilio de Juana Ibarguren y sus tres hijas en Santiago
de Chile, obteniendo autorización para la sepultura del cadáver. Conforme al
Decreto Nº 37/55, la inhumación debía efectuarse en el nicho nº 275, Sección B,
del Cementerio de la Chacarita.
Koening
no cumplió con la encomienda. Se apodera del cadáver iniciando un largo
derrotero por insólitos lugares (dentro de un furgón de Frascoli, en oficinas
de la SIE, detrás de la pantalla del Cine Rialto, en un sótano de Obras
Sanitarias, etc.). Uno de sus colaboradores, el Mayor Arandía, lo tuvo dentro
del ropero de su dormitorio en su casa de Avenida General Paz 542. En una noche
de insomnio, Arandía mató de tres tiros en el pecho a su esposa embarazada
Elvira Herrera, cuando aquella se levantó para ir al baño, imaginando en las
sombras que alguien había ingresado a la casa para apoderarse del cuerpo.
Finalmente terminó dentro de una caja de madera que contenía material
radiofónico, en una oficina destinada a Moori Koening en el cuarto piso de la
sede central de la SIE de Callao y Viamonte, siendo objeto de la pasión
necrofílica de este militar, que terminó alcohólico y demente.
Allí
le fue exhibido el cuerpo al Capitán de Navío Francisco Manrique, quién puso en
conocimiento de Aramburu su macabro derrotero. El Presidente de facto ordenó la
destitución por demencia de Koening, conjuntamente con las del Mayor Arandía y
el Capitán Frascoli. El Coronel Cabanillas reemplazó a Koening, mientras
Manrique convocaba al Coronel Gustavo Adolfo Ortiz y al Mayor Hamilton Díaz,
para organizar el operativo de traslado del cadáver a Italia, con la
colaboración del cura argentino Francisco “Paco” Rotger, confesor de Agustín
Lanusse. Rotger se encargaría de hacer los contactos con el Vaticano para
lograr la sepultura en territorio italiano. A tal fin, con la anuencia del Papa
Pío XII (Eugenio Pacelli), mantuvo entrevistas con Giovanni Penco, Superior de
la Orden del Cardenal Ferrari. A fines de 1956, Cabanillas ejecuta la
“Operación Traslado”, junto al Mayor de Caballería Hamilton Alberto Díaz y el
Suboficial de Inteligencia Sargento Manuel Sorolla. Concomitantemente, el
Subjefe de la SIE Teniente Coronel Gustavo Adolfo Ortiz, mantenía vivo el
contacto con los prelados papales, realizando tareas de distracción con viajes
a distintos lugares de Europa.
Por
vía aérea se transporta el cadáver de Evita, con documentación a nombre de
María Maggi de Magistris, natural de Dálmine, Provincia de Bérgamo, fallecida
en 1951 en un accidente automovilístico ocurrido en Rosario (S.Fé), a recibir
en Génova por la Orden de Ferrari, con destino final a Milán (Italia). Apoyado
por el Sargento Sorolla disimulado en el pasaje, el Mayor Hamilton Díaz bajo el
nombre falso Giorgio Magistris, haría el papel de acongojado “viudo”
acompañando el cadáver de su esposa al final de su derrotero. El 15 de Mayo de
1957, sería sepultado en el Tombino 41, del campo 86, en el Cementerio Maggiore
de Milán. Hamilton Díaz regresa luego a Bs.As., entregando un papel rosa con el
número de tumba a Cabanillas, quién lo deposita en una Caja de Seguridad de un
Banco del Uruguay. El secreto fue celosamente guardado por Pío XII y quienes le
sucedieran: Juan XXIII y Paulo VI. También por quienes intervinieran en la
“Operación Traslado”, y sus mandantes Generales Aramburu y Lanusse. Al
simpatizante peronista que osó indagar sobre el destino del cadáver de “Evita”,
se lo reprimió duramente con atentados, cárcel y torturas. Su madre, Juana
Ibarguren, peregrinó por todas las reparticiones públicas. Falleció sin obtener
jamás respuesta alguna.
Recién
en 1961, el escritor Rodolfo Walsh pudo localizar al Mayor Moori Koenig, que
entregado al alcohol y la locura no aclaró nada al respecto. Ello no obstó a
que Walsh escribiera su genial cuento de ficción “Esa Mujer” (en “Los Oficios Terrestres”, Ed.
Jorge Alvarez, Bs, As. 1966). “...
-¡Ahora! me exaspero. ¿No le preocupa la historia? ¡Yo escribo la historia, y
usted queda bien, bien para siempre, coronel!-. -La lengua se le pega al paladar,
a los dientes. -Cuando llegue el momento... usted será el primero... -No, ya
mismo. Piense. Paris Match. Life. Cinco mil dólares. Diez mil. Lo que quiera.
…-Se ríe. -¿Dónde, coronel, dónde? - -Se para despacio, no me conoce. Tal vez
va a preguntarme quién soy, qué hago ahí…. -Y mientras salgo derrotado,
pensando que tendré que volver, o que no volveré nunca…..la voz del coronel me
alcanza como una revelación: -… Es mía -dice simplemente¬. Esa mujer es mía…”
La
historia comenzaría a develarse cuando el periodista y escritor Tomás Eloy
Martínez entrevista a Cabanillas en 1989, quien da detalles sobre la entrega
del cuerpo de Evita a Perón, en su residencia de Madrid (Diario “La Nación”, Ed.
2/08/2002). En medio de un enrarecido clima político y acorralado por la
implacable investigación periodística, a mediados de 1971 Alejando Agustín
Lanusse (con la venia de Paulo VI; del nuevo titular de la Compañía de San
Pablo Giulio Madurini; la intermediación del Gran Maestre de la logia masónica
Propaganda Due Licio Gelly; del Presidente del Consejo de Ministros de Italia
Giulio Andreotti; y del embajador argentino Brigadier Jorge Rojas Silveira),
pactó con Perón la devolución del cadáver de “Evita”. El traslado fue
encomendado a Cabanillas y Sorolla, que lo transportaron el 3 de Setiembre de
1971 a la residencia “Puerta de Hierro” de Perón en Madrid, donde sería ubicado
en una de las habitaciones del piso superior.
Pero
no terminaría allí el proceso necrofílico. En Octubre de 1974, Montoneros
secuestra el cadáver de Aramburu para obligar a la Presidenta Maria Estela Martínez
y al Ministro de Bienestar Social José López Rega, a trasladar el cadáver de “Evita”
a la cripta de su esposo en Olivos. El ataúd llegaría finalmente a Bs.As. el 17
de noviembre de 1974, rodeado de un impresionante dispositivo de seguridad
organizado por López Rega, con miembros de su banda parapolicial las “Tres A”
(Alianza Anticomunista Argentina), sin participación del Partido
Justicialista y la CGT. Trasladado a una capilla ardiente de la residencia
Presidencial de Olivos, sin permitir el acceso a la Familia Duarte, el Dr. Domingo Tellechea realiza los primeros trabajos de reparación del cuerpo, luego de cual
se lo deposita en una cripta junto a los restos de Juan Domingo Perón.
Derrocada
María Estela Martínez, el 22 de octubre de 1976 la dictadura militar dispone la
entrega del féretro de “Evita” a sus hermanas, que lo depositan en la bóveda de
la familia Arrieta, hasta su exhumación final en el subsuelo del mausoleo de la
familia Duarte en Recoleta, bajo una gruesa plancha de acero a seis metros de
profundidad. Paradójicamente, a poca distancia de la sepultura del autor
ideológico del robo del cadáver: Pedro Eugenio Aramburu. Roberto Cirilo Perdía,
uno de los jefes montoneros que admitieran el secuestro y fusilamiento de
Aramburu, afirmaría en una entrevista periodística concedida en 1997 a María
Seoane (“El Ultimo Misterio de Eva Perón”, Ed. Diario Clarín, 23-1-2005), que durante el interrogatorio al militar, este les confesó que ignoraba el lugar preciso de la sepultura en
Italia.
Horacio E. Blanc (del libro “Por
un Camino de Siglos”, en reedición)

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