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Cuando el número de muertos civiles superó a Guernica y Pearl Harbor 

                                                                        Horacio E. Blanc

Los enfrentamientos entre peronismo y oposición venían tornando un cariz cada más grave desde el 15 de Abril de 1953, luego del atentado en plena manifestación peronista en Plaza de Mayo, cuando Perón se dirigía a la multitud desde los balcones de Casa de Gobierno, en repudio al agio y la especulación de la oligarquía. Arturo Mato, Roque Carranza y Alberto González Dogliotti, junto a otros militantes radicales, liberales y socialistas, habían armado tres bombas de diferente poder destructivo: la más pequeña, de 30 cartuchos de gelinita, fue colocada en el Hotel Mayo (Defensa e H. Yrigoyen); otra mediana, de 50 cartuchos, en el 8° Piso del Banco Italiano; la más potente, de 100 cartuchos, en Estación Plaza de Mayo de la Línea A del Subte. La primera destruyó parcialmente el Hotel. La tercera causó serios daños, dibujando una columna de humo en la boca del subterráneo, con un saldo de siete muertos y noventa y tres heridos. Los atentados provocaron la reacción de sectores peronistas, nacionalistas y organizaciones parapoliciales, que incendiaron la sede del Jockey Club, el Comité Nacional del Partido Demócrata, la Casa del Pueblo del Partido Socialista, y la Casa Radical.




Los conflictos se trasladan a las relaciones entre el oficialismo y  la curia, cuya fisura se retrotraía a los prolegómenos del acto eleccionario. El apoyo dado por sectores peronistas a proyectos legislativos de separación entre Iglesia y Estado, había provocado severos cuestionamientos desde el obispado, brindando un decidido apoyo al Partido Demócrata Cristiano en formación, integrado por laicos surgidos de círculos eclesiásticos, como la Acción Católica Argentina. La creación de este nuevo partido político, a la manera de su espejo italiano y con total autonomía de su aliado electoral, provocó rencor y desconfianza en el oficialismo, que veía detrás un proyecto tendiente a debilitarlo, conformando un frente político opositor pergeñado por las más altas jerarquías de la Iglesia, con anuencia del Vaticano. En respuesta, el gobierno envió a la legislatura proyectos normativos como la equiparación legal de hijos legítimos e ilegítimos; divorcio vincular; supresión de la enseñanza religiosa obligatoria; eliminación de subvenciones a colegios confesionales; y legalización de prostíbulos, mediante una ley de profilaxis que promovía su control sanitario. Ello incentivó una circunstancial alianza entre Iglesia y oposición, que el 14 de Junio de 1955, realiza una manifestación de Corpus Christi promovida por el Episcopado, con participación de laicos, conservadores, radicales, socialistas y comunistas.

Dos días después, a las 12.40 hs. del 16 de junio, se produce un raid criminal organizado por el Contralmirante Samuel Toranzo Calderón y el Vicealmirante Benjamín Gargiulo, en complicidad con el ministro Aníbal Olivieri y sectores afines de la oposición política. Tres aviones Closter Meteor de la marina, con asiento en Punta Indio, aparecen sorpresivamente desde el oeste, bombardeando con 14 toneladas de explosivos Casa de Gobierno y Plaza de Mayo, dejando más de 308 muertos y 1.000 heridos que transitaban la zona por razones laborales. Luego del raid homicida, los tripulantes aterrizan los aviones en Montevideo. Uno de los pilotos civiles asilados en Uruguay, el militante radical Miguel Zabala Ortiz, años después sería designado como Ministro de Relaciones Exteriores en el gobierno de Arturo Illia. En Diciembre de 1964, se encargaría de frustrar el primer intento de retorno de Perón al país, al exigir al gobierno brasileño que impidiera la partida del avión durante una escala en Río de Janeiro. Cuatro jóvenes Tenientes que tripulaban los bombarderos, esquivarían sus responsabilidades por los hechos criminales. Con el tiempo, serían partícipes del genocidio y beneficiados por la Ley de Obediencia Debida. Rivero Kelly en sus distintos destinos, sea como jefe de la Base Almirante Zar de Trelew, fuere como Jefe de la zona norte de Chubut. Eduardo Invierno, Jefe del Servicio de Inteligencia Naval, y partícipe en el muerte del empresario Fernando Branca. Carlos Fraguio, alcanzaría el grado de Contralmirante, y en 1976 la jefatura de la Dirección General Naval. Horacio Estrada, luego se ser imputado de asesinatos y torturas cometidos en la ESMA, aparecería muerto de un disparo en 1998.
                                                          
En represión al bombardeo, se realizan numerosas detenciones, disolviéndose los cuerpos de infantería de marina y la aviación naval. Gargiulo se suicida en horas de la tarde en su despacho, cuando las tropas leales ya rodeaban el Ministerio de Marina. La CGT convoca a una concentración en la Plaza de Mayo, donde Perón anuncia que el intento golpista había sido sofocado. Pese a su negativa a la toma de represalias, incentivadas por el Vicepresidente Tessaire y el Ministro del Interior Borlenghi, agrupaciones sindicales y grupos parapoliciales nacionalistas, incendian la Curia Eclesiástica y las Iglesias de Santo Domingo, San Francisco, San Nicolás, La Piedad, San Roque, San Ignacio, San Juan Bautista, Nuestra Señora de la Merced, Nuestra Señora de las Victoria, Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y San Miguel. Estos desmanes produjeron una inmediata reacción negativa en las mismas filas peronistas, cuya amplia mayoría integraba la feligresía católica. Días después, el país se anoticiaría de la excomunión de Perón dispuesta por el Papa Pío XII, que secretamente se tramitaba en el Vaticano con antelación a estos sucesos. Según Félix Luna, los incendios al edificio de la Curia, la Catedral y las Iglesias, fueron llevados a cabo con la anuencia de Perón. Ruiz Moreno disiente con ello, manifestando que el Presidente ordenó al General Franklin Lucero, la adopción de medidas que impidiesen la continuidad de estos hechos. Lucero trasmitió la orden al Subsecretario de Guerra General José Embrioni, quién se puso en contacto con el Jefe de la Policía Federal Comisario Miguel Gamboa, a fin de que con sus fuerzas garantizara la seguridad de los templos. Según el Policía, posteriormente recibió una orden del Ministro del Interior Ángel Borlenghi, que le reitera su decisión de mantener las tropas acuarteladas, a la vez que la Secretaría de Seguridad daba la orden de no intervención al Jefe del Cuerpo de Bomberos. Cierto es, que la frase expresada dos meses después, “por cada uno de los nuestros que caiga, caerán cinco de ellos”, ante la multitud convocada por la CGT a Plaza de Mayo el 31 de Agosto en rechazo a su renuncia, Perón daría pié a las imputaciones que se le hicieran como promotor de los incendios, restando trascendencia a su público llamado a la calma y prudencia de la dirigencia gremial y los obreros luego del bombardeo. No exime a un análisis objetivo, considerando el pragmatismo y la visión política de Perón, que ningún rédito político le podía acarrear la promoción de semejante represalia a los bombardeos de Plaza de Mayo, puesto que, en todo caso, no hubiese dejado pasar la ocasión de utilizar en su provecho la reacción adversa que provocó en la sociedad semejante genocidio. Sus probadas dotes de estratega permiten, cuanto menos, un análisis en tal sentido. Sin embargo, la reacción inmediata del círculo de agitadores manejados por Tessaire, Borlenghi y Gamboa, complicó los esfuerzos neutralizadores del jefe de estado. Alarmado por el cariz de los acontecimientos, Perón les salió al cruce proclamando “que la victoria no daba derechos”, instando a sus partidarios a permanecer en calma.

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