¡ESTO SE ACABÓ!
El
22 de Junio comenzó con reposo y atención médica intensiva. El día 29 se
agravaron sus afecciones cardíacas y pulmonares, debiendo delegar el mando en
la vicepresidente. Dos días después, el 1º de Julio de 1974, en horas del
mediodía, María Estela Martínez Cartas (a. “Isabel y/o Chabela”) daría a
conocer su muerte por la red nacional de radio y televisión. El Teniente
General Juan Domingo Perón había fallecido a las 10,30 de la mañana. “Esto se
acabó”, fueron las últimas palabras que le escuchó decir Norma Bailón,
enfermera del Hospital Italiano, cuando sorpresivamente se sentara en su lecho
de enfermo para caer luego sobre la almohada. Desde el amanecer del día
siguiente, un cielo encapotado, con amenaza de lluvia, avisaría que ese día no
sería “peronista”, mientras los crespones enlutaban solapas y banderas a media
asta, en medio de la congoja de millones de seguidores que le rendían un
postrer homenaje.
Los
medios darían cuenta que desaparecía de la faz de la tierra, uno de los más
célebres personajes de la política americana, dejando tras de sí el testimonio
de acontecimientos trascendentes en casi 50 años del siglo XX, y numerosas
obras en las que volcara su pensamiento político: “La Comunidad Organizada”
(Edición Cuadernos del Instituto Nacional Juan Domingo Perón, Buenos Aires,
1999); “Conducción Política” (Ediciones Freeland, Bs. As. 1974); “Del poder al
exilio. Quienes me derrocaron” (Ediciones Argentinas, Bs. As., 1974); “La
fuerza es el derecho de las bestias” (Ediciones Síntesis, Bs. As. 1976); “La
hora de los pueblos” (Editorial Pleamar, Bs. As. 1973); “Latinoamérica, ahora o
nunca” (Editorial Pleamar, Bs. As. 1976).
No
hubo término medio respecto a quién despertó amores, rencores y odios al mismo
tiempo, en el capítulo más extenso de tres décadas de la historia argentina que
giró en torno a su figura, puesto que, aún en el exilio, ningún gobierno de
facto o de jure pudo gobernar sin su aquiescencia. A todos les hizo sentir su
fenomenal poder de convocatoria a las masas, que permaneció intacto hasta su
muerte pese a la disputa con las organizaciones armadas. Montoneros no se animó
a enfrentarlo abiertamente, conscientes de que ello les hubiese significado un
suicidio político anticipado. Pese a su repudiado entorno político (Isabel, López
Rega, y tantos otros), hasta el final mantuvo su ascendencia sobre un
heterogéneo y fenomenal movimiento policlasista.
Su
cadáver no escaparía al mismo destino de profanación y ultraje que el de Eva Maria
Duarte, su segunda esposa. En Junio de 1987, su féretro fue abierto, para sustraer
sus manos luego de cortarlas con un serrucho. Aunque existen varias hipótesis
sobre los presuntos autores de la profanación, en la extensa investigación
llevada a cabo por Iglesias y Negrete (sociedades esotéricas; integrantes de la
Logia Propaganda Due de Licio Gelli; grupos de extrema derecha; personal de la
SIDE; elementos pertenecientes a la dictadura militar), no se llegó a ninguna
certeza respecto a ello, ni del macabro destino de las manos, en el olvidado proceso
criminal que se tramitara ante el Juzgado Federal de Jaime Far Suau, en medio
de sugestivos atentados a policías, y muertes sospechosas o “accidentales” de
testigos y del mismo juez interviniente.
El
17 de octubre de 2006 sus restos fueron trasladados a la quinta de San Vicente,
que en su memoria fuera convertida en museo. Sin embargo, la violencia desatada
por los matones a sueldo de la dirigencia sindical, hizo que el merecido
homenaje se convirtiera en un verdadero escándalo nacional, en esta suerte de
deporte necrofílico con que se dirimen las internas gremiales en la República
Argentina.
Horacio E. Blanc

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