Puerto Curtiembre:
La Historia detrás de la Historia
El 1° de Octubre de 2020, se
cumple el 150° Aniversario de Puerto Curtiembre, ubicado sobre la margen
izquierda del Río Paraná, en el Distrito Tala, Departamento Paraná, a 70 Km. de
la Capital de la Provincia de Entre Ríos.
El Lado Público de la Historia,
nos dirá que sus antecedentes se
remontan a los primeros grupos seminómadas, que se situaron en la larga franja
costera entre el Arroyo del Cerro y el Arroyo Antonio Tomás en los primeros
decenios del siglo XIX (años 1800). Unos venían de paso desde el espeso monte
circundante a la costa del Paraná, a ofrecer a los navegantes productos de la
zona: leña, carbón, madera, cueros, charqui, etc., que cambiaban por
vestimenta, condimentos, bebidas. Otros se desperdigaban en las riberas del río
o en la cima barrancosa, viviendo de la caza, la pesca, y elementales cultivos
en “roza” de tabaco, maíz, papa, calabaza, mandioca, comunicados entre sí por
el camino de sirga al pié de las barrancas, o laberinticos piquetes de la selva
circundante a la cima barrancosa.
Aproximadamente entre el tercer y cuarto decenio siglo XIX (1830-1840),
se instalaría en cercanías de la desembocadura del Arroyo Curtiembre un
rudimentario amarradero de palo a pique, para el embarque de grasa y cueros
salados, que se transportaban en chalupas y bergantines fletados por la empresa
de los hermanos escoceses John Parish y Williams Parish Robertson, a la sede
central de la firma ubicada primero en Asunción del Paraguay, y luego en Goya y
Corrientes. Allí se les daba a los cueros un elemental curtido, para luego
trasladarlos por via fluvial a Buenos Aires, hasta su trasbordo final a las
curtidurías de Liverpool o Londres (Inglaterra). Parte de esa producción volvería
a nuestro país en zapatos, botas y camperas. Los mismos Robertson dirían en sus
registros de viaje (“Cartas de Sud América-Andanzas por el Litoral Argentino,
1815-1816”, trad. por José Luis Busaniche, Ed. Nova, Bs. As. 1946), “que la
mayoría de los cueros que la firma adquiriera a tres peniques y medio por
libra, tres meses después los vendían en Buenos Aires a cinco peniques y medio
la libra; seis meses después los exportadores lo entregaban a los curtidores de
Liverpool o Londres en la suma de diez peniques la libra. Si dos cueros daban
un precio final de 20 chelines, se obtenía diez veces el importe que recibía el
estanciero por el animal. Si el cuero volvía en botas o zapatos, por este
producto final del cuero vendido, el estanciero debía pagar un valor
equivalente al precio de 20 novillos, 40 o 50 caballos o yeguas”.
Hasta mediados del Siglo XIX, los
saladeros, graserías y curtiembres a cielo abierto tuvieron notorios altibajos,
con cierres y prohibiciones para detener la acelerada disminución del ganado
cimarrón, producto de rodeos y faenas intensivas con el solo fin de sacarles el
cuero, desperdiciándose la carne que no se charqueaba y terminaba pudriéndose
por la ausencia de elementos adecuados de conservación (los primeros
Frigoríficos recién se instalarían en el país a partir de 1882). La prohibición
llevó a que se impusieran multas que llegaban hasta la confiscación de tierras,
a quienes promovieran la faena de vacas, equinos y becerros cimarrones con otro
destino que no fuera su consumo en estancias; a la vez que se incentivaba su
procreo en potreros y la siembra de semillas y frutales para venta y consumo
familiar. Tal por caso el Bando de Francisco Ramírez dictado 29-9-1820, que salvo
excepciones durante las Gobernaciones del Coronel Pedro Espino y Pascual Echagüe,
volvió a aplicarse con el acceso a la Gobernación de Justo José de Urquiza el
1-1-1842, hasta que el terminadas las luchas caudillescas se advirtiera que el
plantel ganadero había evidenciado una notable
recuperación. Tal circunstancia probablemente incidió en la ausencia de un
asentamiento poblacional estable durante ese lapso, que nucleara en un
determinado lugar a los pobladores seminómadas de la larga franja entre los
Arroyos Del Cerro y Antonio Tomás. Pasada esa etapa, paulatinamente se reinicia
y desarrolla la industria del curtido del cuero, cecina (charqui) y graserías
(1860-1870). Primero en instalaciones rudimentarias a cielo abierto, como
proceso elemental para su conservación y traslado al fondeadero fluvial más
cercano: de allí los nombres “Campos de la Curtiembre” y “Puerto de la
Curtiembre”. La proximidad del talwed a la ribera entrerriana y de un arroyo
que volcara al río los desechos, hacían de esta zona un lugar de privilegio
para la instalación de una corambre (curtido) estable.
Como también las actividades
implicarían la producción de cecina, tasajo o charqui (como indistintamente se
llamara), así como la extracción y clasificación de sebo para combustible,
ungüentos y velas, se requería un amarradero regular para su comercialización y
transporte, teniendo en cuenta las dificultades comunicacionales que por
entonces planteaba la vía terrestre de un espeso monte cortado por arroyos y
quebradas. El fondeadero natural situado en la desembocadura del Arroyo
Curtiembre, será entonces el lugar elegido para el embarque de los cueros y sus
derivados, que producirá en séptimo decenio del Siglo XIX la Curtiembre
Industrial instalada por José María Monzón en las alturas de la ribera norte
del arroyo, aprovechando la topografía del lugar para el escurrimiento de los
efluentes. La proliferación de pobladores y actividades, sobrevendría en un
posterior ámbito de políticas destinadas a la diversificación de la producción,
incentivado por la colonización y radicación de agricultores que, con altibajos,
había tenido su inicio durante la gestión de Urquiza en el gobierno de la
Confederación Argentina.
Es posible ameritar que en los
inicios de la década de 1870, recién se consolida un asentamiento regular
estable al norte del Arroyo Curtiembre, con la radicación de labriegos de
cultivos en roza (pequeñas parcelas) de tabaco, algodón, batata, maíz, zapallo,
porotos, mandioca; pescadores, leñeros, carboneros, mieleros, carreros,
pulperos y comerciantes de cuero. A ellos se agregaron estibadores de chatas,
balsas y jangadas que se bajaron de bergantines, chalupas, jangadas y los
primeros barcos a vapor (muchos de ellos paraguayos), como también ayudantes
pertigueros que integraran caravanas de carretas por via terrestre, que luego
de sucesivas mutaciones territoriales terminaban agrupándose alrededor del
fondeadero natural. Estos pobladores desperdigados a la vera del río Paraná, y
en el espeso monte de los potreros contiguos “Del Cerro” y “De la
Curtiembre” que integraban los campos
“Del Cerrito”, se fueron reuniendo en un lugar que los sacaba de su aislamiento
territorial, comunicándolos con una vía fluvial de intenso tráfico. Cada cual
se instalaba en el lugar de sus preferencias, sea en zona baja, fuere en las
alturas. En la ribera, con “benditos” de varas, paja o cueros entre las piedras
rocosas; sobre la barranca en ranchos de adobe y paja, cercando con chilcas,
totoras y espinillales la pequeña roza (espacio para huerta), para evitar la
entrada de sus gallinas y cerdos. No existían calles en cuadrícula, solo
senderos que comunicaban las viviendas entre sí. Años después, donde existiera
un primitivo y abandonado saladero de cueros cielo abierto, se instalaría la
Curtiembre y los almacenes de José María Monzón en el año 1876, seis años antes
del desembarco del vapor “La Golondrina”, con los primeros inmigrantes traídos
por la Sociedad Anónima “La Colonizadora Argentina” el 19 de Mayo de 1882.
En el año 1884, la “Colonizadora
Argentina” lotea parte del Potrero de la Curtiembre, para situar allí la Colonia
San Martín. El postrer movimiento de personas y útiles de labranza, en un
destino de la tierra a la producción agrícola intensiva, trajo consigo una
mayor radicación de comercios, industrias y pobladores en el “Puerto de la
Curtiembre”. Ello llevó a que cumpliendo con las cláusulas del contrato
inmigratorio, la empresa colonizadora encargara en 1890 al Técnico Agrimensor
Anselmo T. Isasi de la ciudad de Paraná, la mensura y planificación en
cuadrícula del asentamiento que llamarían “Pueblo San Martín”, como promoción
de la colonia circundante. Terminado el relevamiento catastral y la delineación
de las cuadras en 1891, la ubicación formal de la Curtiembre de José María
Monzón, quedará en un lote rectangular sobre calle Paraná esquina Maipú,
perteneciente a la Manzana N° 10 del primigenio plano (luego Manzana 61).
A pesar del impuesto nombre
“Pueblo San Martín” por la Colonizadora Argentina, el antiguo “Puerto de la
Curtiembre” perduró en el sentimiento comunitario, ya sin la
preposición-artículo original reducido a su apócope “Puerto Curtiembre”, que
quedará registrado en la memoria de sus pobladores con el más alto grado de
pertenencia, relegando al olvido al oficioso “Pueblo San Martín”. Como no podía
ser de otra manera, las autoridades comunales solicitaron al Poder Ejecutivo
Provincial el cambio definitivo del nombre “Pueblo San Martín” por el de
“Puerto Curtiembre”, y el establecimiento de su fecha de fundación el 1° de
Octubre de 1870, haciendo coincidir el decenio de la generación espontánea del
pueblo, con el día y mes de nacimiento de José María Monzón, el propietario de
la primera Curtiembre Industrial que registra su historia.
Haciéndose eco del sentimiento de
sus pobladores, por Decreto Provincial N° 3615 del 29 de Setiembre de 2010, el
Gobernador de Entre Ríos Sergio Daniel Urribarri reconoció al pueblo su nombre
“Puerto Curtiembre”, estableciendo como fecha de fundación por generación
espontánea el 1° de Octubre de 1870. Por decisión mayoritaria de la Asamblea
del Consejo Vecinal (Ordenanza N°1 del 7 de Julio de 2010), se decidió designar
con el nombre de José María Monzón al Camino o Paseo Costero que se extiende
desde el Arroyo Curtiembre, hasta cien metros más allá de la bajada de Calle
Cochabamba.
El Lado Oculto de la Historia,
nos dirá que la privilegiada
ubicación del asentamiento “Puerto de la Curtiembre” como lugar de embarque de
la producción agrícola-ganadera de la amplia zona circundante, despertaría el
interés de los funcionarios del Partido Nacional y/o Autonomista Nacional (P.A.N.)
y sus correligionarios liberales-conservadores provinciales, que durante más de
cuarenta años gobernaron sin participación de las mayorías, manejando
discrecionalmente fondos y bienes del estado, entre tantos otros, las tierras
públicas ubicadas en los Distritos Tala y Antonio Tomás. El Banco Nacional
fundado por el Presidente Nicolás Avellaneda en 1872, había incorporado a su
patrimonio las tierras fiscales correspondientes a los “Campos del Cerrito”, en
miras a los objetivos de inmigración y colonización previstos por la Ley
Nacional de Tierras N°817. A estas grandes extensiones, plenas de ganado
orejano, madera para construcción, leña y carbón, ya les había echado el ojo
Anacarsis Lanús, nativo de Concepción del Uruguay, traficante en cueros y
géneros, proveedor exclusivo de armas, vestimentas y comestibles a los
ejércitos de Bartolomé Mitre durante la “Guerra del Paraguay o de la Triple
Alianza” (1864-1870). Como también a los ejércitos de su sucesor Julio A. Roca
en la eufemística “2ª. Campaña del Desierto” (1878-1879), que consolidó el
genocidio y despojo de los pueblos indígenas patagónicos iniciado por Adolfo
Alsina (1876).
Disputas territoriales entre Anacarsis Lanús y los Liberales y/o Conservadores
entrerrianos, como la constitución de una Sociedad Anónima junto a Mitre,
Cándido Galván, Rufino de Elizalde y Ambrosio Lezica para comprar el diario “La
Nación Argentina” fundado por José María Gutiérrez en 1862 (que rebautizarían
“La Nación”), desviaron los intereses del Anacarsis Lanús hacia otros horizontes
menos traumáticos. Ni lerdos ni perezosos, funcionarios y gobernantes
entrerrianos tomaron la posta de sus correligionarios nacionales avizorando la
ineludible quiebra y liquidación del “Banco Nacional” (predecesor del “Banco de
la Nación Argentina”), como la posibilidad cierta de adquirir a precio
promocional y con las enormes facilidades de pago que ofrecía la Ley N° 817 de
colonización de la tierra pública, más de un centenar de miles hectáreas que el
Banco poseía en los Dtos. Tala y A° Tomás. El instrumento utilizado fue la constitución
de la Sociedad Anónima “La Colonizadora Argentina”, integrada -entre otros
funcionarios estatales- por quienes se turnaran en la Gobernación de Entre Ríos
en representación del Partido Autonomista Liberal (P.A.N.): el Abogado Ramón
Antonio Febre, el Coronel José Francisco Antelo, y el Médico Faustino Parera.
Fue en el mandato de Antelo y al amparo de la Ley N° 817, que el 30 de Marzo de
1881 “La Colonizadora” compra a precio vil (1,50 pesos oro la hectárea), las
106.650 hectáreas de los “Campos del Cerrito” (con sus Potreros “Del Cerro” y
“De la Curtiembre”), que fueron íntegramente pagados con productos de la misma
tierra adquirida (ganado mostrenco, cueros, y madera del desmonte) y la venta a
un precio sideralmente superior de la porción menor parcelada para colonia
(24.000 has.), quedando la superficie mayor (82.650 has.) en propiedad de los
consorcistas, que arbitrarían su destino malversando el espíritu promocional de
la norma.
Sin poner un solo peso y violando –cuanto menos- elementales reglas de moral y ética pública, se consolidó así uno de los tantos actos de especulación de estas sociedades anónimas y/o consorcios de propietarios, con la anuencia y participación de los más altos órganos de contralor y fiscalización del estado. Creadas para ampararse en los planes de fomento inmigratorio, estas lucrativas sociedades destinaron solo una porción de la tierra pública destinada a colonización en el contrato oficial originario, reservándose para sí o un posterior fraccionamiento colonizador privado, la mayor superficie que había aumentado al quíntuple de su valor en virtud de los incentivos oficiales (compra a muy bajo precio, créditos blandos, exención de impuestos, apertura de caminos, subsidios para urbanización de asentamientos contiguos, etc.). Esta es la historia disimulada en los recodos de la huella y el libro de bitácora del mítico Vapor “La Golondrina”, que viene a rescate en las obras de José Luis Panettieri, Alejo Peyret, Cayetano Ripoll, y las amarillentas fojas del expediente instruido por el Jurado de Imprenta en 1885, en el juicio por injurias que, con resultado adverso, promoviera Ramón Febre contra el Periódico “El Constitucional” de Paraná.
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