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Y la lucha continúa

“....La maestra acuerda: no casarse, no andar en compañía de hombres, estar en su casa entre las ocho de la noche y las seis de la mañana, usar al menos dos enaguas, no teñirse el pelo...” (Contrato de Maestras-Consejo Nacional de Educación, Año 1923, en Revista del Consejo Nacional de la Mujer, año 4, n° 12)

Desde el nacimiento de nuestro país como nación independiente, las mujeres argentinas habían sido desplazadas de toda decisión política, económica y social. Consideradas como objetos antes que sujetos de derechos, fueron relegadas a aquellas actividades que los hombres desdeñaban: las tareas del hogar, el cuidado y educación de los hijos. Relegadas a dar y servir sin recurso a queja, no tenían siquiera la posibilidad de elección de su futuro consorte, hacer escuchar su voz o participar de discusiones políticas en la mesa familiar. Desde muy jóvenes, a quienes podían acceder a una buena situación social y económica, sus eventuales matrimonios eran arreglados por progenitores en función de la conveniencia. Que hablar de quienes carecían de los más elementales bienes para constituir una dote, que terminaban viviendo como “mancebas” de un hogar en otro. Abandonadas a su suerte en las guerras caudillescas, junto a sus hijos debían seguir a retaguardia de las tropas comiendo las sobras que quedaban en el camino.

En toda oferta laboral, eran desplazadas sin mayores méritos por los hombres. Salvo raras excepciones, poco importó el currículo que portaran, cuando patrones y gerentes ameritaban que una futura preñez era impedimento para la contracción al trabajo. Y si conseguían alguna changa o conchabo, sus salarios eran paupérrimos en relación a los obreros varones. Si algo faltaba en esta discriminación absurda, una mujer, por haber nacido tal, no podía ejercer el más elemental de los derechos republicanos: la elección de sus representantes. Ser mujer, era ser, en el mejor de los casos, la mitad “de” otro. Y si su estrato social no alcanzaba la media, era la nada misma, la que no existe, ni se precisa. No tenían siquiera un documento propio, salvo las hojas amarillentas de alguna anotación precaria sobre su nacimiento. Desde fines del Siglo XIX, la lucha por sus derechos estuvo plagada de obstáculos. Cada proyecto de ley que pretendiera una aproximación a un estado igualitario, merecía la repulsa de los sectores reaccionarios. Contra esa muralla se batieron una y otra vez las agrupaciones feministas, duramente reprimidas con cárceles y forzados exilios.

Pero llegó el día en que la semilla del cambio germinó para ventura de las mujeres oprimidas de la generación del ’40. Durante su gestión al frente de la Secretaría de Trabajo, el Coronel Juan Domingo Perón realiza un intento para que se sancionara el voto femenino, adecuando la legislación argentina a las disposiciones del Tratado de Chapultepec. Su iniciativa se frustró ante la oposición de la “Asamblea Nacional de Mujeres” presidida por la escritora Victoria Ocampo, que por cuestiones de la coyuntura el 3 de septiembre de 1945 resolvió rechazar la propuesta de un gobierno de facto, reclamando que el poder fuera asumido por la Corte Suprema de Justicia. Pasadas las elecciones de Febrero de 1946, el Presidente Perón rescata nuevamente el proyecto, que su esposa Eva Duarte toma como causa propia desplegando una intensa campaña radiofónica, en centros cívicos, delegaciones enviadas al exterior del país, pegando carteles e instalando comités de mujeres en calles de las ciudades más importantes, presionando a legisladores a través de familiares y parientes, manteniendo entrevistas directas con representantes de los partidos políticos.

Días después de su regreso del periplo europeo, el 23 de Setiembre de 1947, Eva María Duarte dirigía un discurso a las mujeres argentinas desde el balcón de la Casa Rosada, presentándoles el texto de la Ley 13.010 que otorgaba el voto a las mujeres, como culminación de una ardua lucha de 47 años contra la discriminación femenina, iniciada en Septiembre de 1900 con la creación del “Consejo de Mujeres” por la médico Cecilia Grierson y el “Centro Feminista” de Elvira Dellepiane; continuada a través del tiempo por Julieta Lanteri, Carmela Horne de Burmeister, Alicia Moreau de Justo, Luisa Berrondo, las Hermanas Tcherkoff, Susana Larguía y Victoria Ocampo, entre tantas otras. Las actividades de Eva Duarte no se agotarían con la sanción normativa. Tendrían continuidad en una intensa campaña de capacitación cívica, preparando a las mujeres no solo para emitir el voto, sino también para ejercitar efectivamente su derecho a ser elegidas como representantes de la voluntad popular. En ese contexto, luego de una convención partidaria en el Luna Park, el 26 de Julio de 1949 se proclama la constitución del Partido Peronista Femenino  en el Teatro Nacional Cervantes.  Con el transcurso del tiempo, se trasformaría en otra rama del Movimiento Nacional Justicialista.

Una de las consecuencias directas de la sanción de la ley 13.010, fue la creación de un Registro Nacional de las Personas que documentara todas las identidades, a fin de elaborar padrones electorales que incluyesen mujeres, eliminando el sistema de Libreta de Enrolamiento exclusiva para los varones. Con el novel empadronamiento, la mujer no solo ganó el derecho a votar, sino que obtuvo su Libreta Cívica (hasta ese momento solo contaba con su partida de nacimiento como documentación de identidad). Llegado el año 1952, con el derecho a elegir y ser elegidas, de un total de 30 miembros del Senado, 6 eran mujeres. En Diputados, el peldaño fue más empinado. Solo representaban un 15% del total de integrantes.


  

no que obtuvo su Libreta Cívica (hasta ese momento solo contaba con su partida de nacimiento como documentación de identidad). Otras promulgaciones surgieron como consecuencia de la ley en términos de equidad civil y política. Con el derecho a elegir y ser elegidas, llegado el año 1952, de un total de 30 miembros del Senado, 6 eran mujeres. En Diputados, el peldaño era más empinado. Solo representaban un 15% del total de integrantes.


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