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A 37 años del retorno a la Democracia 

Tras 7 años, 7 meses y 1 día de la asunción de la dictadura más sangrienta que recuerde la historia constitucional argentina, las elecciones generales del 30 de Octubre de 1983 marcarían el retorno definitivo a la democracia. Primaron las candidaturas de dos fórmulas. La de la Unión Civil Radical (UCR) que llevaba como candidatos a Presidente y Vice a Raúl Ricardo Alfonsín y Víctor Martínez; y del Frente Justicialista de Liberación Nacional (FREJULI), que postulaba como Presidente y Vice a Ítalo Argentino Luder y Deolindo Felipe Bittel. Cuando hasta los más optimistas dirigentes radicales se daban por satisfechos con realizar una buena elección, ocupando la mayor cantidad de escaños por la minoría en el congreso, se producirían una sucesión de hechos que darían un vuelco fundamental en el resultado electoral, a raíz de las acciones de siniestros personajes de la ultraortodoxia peronista que intervinieran en la campaña proselitista partidaria.

El Radicalismo prometía la construcción de una democracia pluralista, el combate al totalitarismo democratizando los sindicatos, y la profesionalización de las fuerzas armadas. Alfonsín proclamaba en cada acto la declaración de nulidad del Decreto Ley de Autoamnistía dictado por el último gobernante de facto General Reynaldo Bignone, afirmando que existía un acuerdo secreto con los candidatos peronistas para la ratificación de su vigencia. Indudablemente tenía una muy buena fuente de información, puesto que luego saldrían a la luz los conciliábulos celebrados por emisarios del ejército tratando de lograr un pacto con grupos del sindicalismo y la derecha peronista, acordando políticas y fórmulas electorales que garantizaran la no revisión del Decreto de Autoamnistía, ni la promoción de juicios por la actuación militar durante los conflictos bélicos.

En esa orientación se había llevado a cabo reuniones del General Antonio Bussi con Raymundo Ongaro en Madrid; un acto del General Acdel Vilas en el Luna Park, enmarcado en la figura de Perón y la entonación de la marcha peronista; manifestaciones formuladas desde Madrid por María Estela Martínez, destacando el caballeroso trato de Massera durante su cautiverio en Neuquén; las homilías del vicario castrense José Medina, invocando la consideración que gozan las fuerzas armadas en el movimiento popular, apoyando la idea del ingreso de los militares en el peronismo, etc.. etc. Mientras estas reuniones espurias ocurrían a espaldas de la Juventud Peronista,  Alfonsín recitaba en las tribunas el Preámbulo de la Constitución Argentina, como un credo de su futura acción de gobierno. Remarcando la frase “somos la vida”, cerraba la campaña electoral con dos actos multitudinarios realizados en la Avenida 9 de Julio de la Capital Federal, y en el Monumento a la Bandera de Rosario, donde ratificaba su denuncia al Pacto militar-Sindical, destinado a convalidar las leyes del gobierno de facto. 

En la vereda de enfrente, sin haber realizado una profunda autocrítica del desastroso gobierno de María Estela Martínez, los dirigentes de la ultraortodoxia peronista y la anquilosada cúpula sindical, digitaban los cargos electivos en fórmulas contradictorias, ambivalentes, cuyos candidatos a la gobernación y legislatura de Buenos Aires amenazaban sobre “cuentas a cobrar” a la oposición, mientras su pulcro candidato a presidente Ítalo Argentino Luder divagaba en catedráticos discursos, a una multitud que añoraba los encendidos discursos del líder fallecido. Caso extraño el sentido de oportunidad del Partido Comunista Argentino, asociado siempre a golpes militares y a sectores conservadores antiperonistas. Esta vez, decidió apoyar una fórmula peronista digitada por la ortodoxia sindical, en las antípodas de su ideología pero acorde con sus continuos desatinos desde el apoyo al golpe de facto de Lonardi en el ’55. Precisamente, la primera vez en la historia argentina que el partido Peronista perdería una elección presidencial sin proscripciones. 

En semejante hábitat discepoliano, la guardia pretoriana de Lorenzo Miguel, Herminio Iglesias y Humberto “Beto” Imbelloni, pululaba en actos proselitistas exhibiendo manoplas y armas de todo tipo. Ante una Avenida 9 de Julio colmada, Iglesias quemaba en el escenario un ataúd cubierto por la bandera radical, ante una multitud asombrada por semejante demostración de violencia, que retraía a las imágenes más crudas de la fenecida dictadura y de la Triple A. La estrecha mente de este marginal, no podría tener otro broche que semejante acto de barbarie, poniendo en claro la opción de muchos peronistas indecisos: el retorno a la violencia o las promesas democráticas de Alfonsín. Ni el más hábil de los asesores de la campaña radical, hubiese imaginado semejante oferta publicitaria de su principal contrincante. Hasta la Juventud Peronista repudió este hecho, dejando en libertad de elección a sus militantes, la mayoría de los cuales terminaron votando por a Alfonsín, que les prometía una valla de contención a sus acérrimo enemigos s de la ultraortodoxia sindical. 

Las elecciones se realizaron el 30 de octubre de 1983. La fórmula de la UCR Alfonsín-Martínez obtuvo el triunfo con el 51,7% de los votos, sobre el 40,1% del Frejuli. Con su voto, la mayoría popular expresó el repudio a las bandas sindicales, cuyos representantes habían copado las boletas electorales del Partido Justicialista, fruto de los errores cometidos por una cúpula “Montonera” delirante y soberbia, que en los estertores de sus desaguisados políticos buscaron seguro refugio en el exterior, dejando librados a su suerte a militantes de “superficie”. En este pasaje de la historia del siglo XX, abundan los testigos a quienes preguntar el rol de cada facción, fundamentalmente a los que sufrieron traición, cárcel y tortura; los que tuvieron un pariente, un vecino, un compañero de pensión o un amigo que la padeciera; que tuvieran o conocieran a quien fuera muerto, “desaparecido”, o tuviese un hijo nacido en cautiverio. El juicio de la memoria caería por igual contra ladrones genocidas como Jorge Rafael Videla, Eduardo Emilio Masera, Orlando Ramón Agosti, Albano Eduardo Harguindeguy, José Alfredo Martínez de Hoz y sus secuaces; como también contra la cúpula montonera integrada por Mario Eduardo Firmenich, Fernando Hugo Vaca Narvaja, Roberto Cirilo Perdía y Rodolfo Galimberti, que se repartieran el producto de asaltos y secuestros, y terminaran pactando con los emisarios de Massera en París, o siendo gerentes de sus  presuntos “enemigos”.  Sin olvidar –claro está- al socio mutante Enrique Gorriarán Merlo, que en los estertores de sus taras con el ataque a “La Tablada”, brindó en bandeja argumentos suficientes a los nostálgicos de la “Guerra Sucia” como Ado Rico y Mohamed Alí Seineldín.

 

 


 

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