Viejo Lobo de Río
El ronroneo del motor del bote había dejado de escucharse tras un recodo del islote, mientras la distancia amortiguaba el ruido de los cascos que vadeaban los esteros de regreso a Santa Rosa de Calchines. Agazapados en el pajonal con el agua a la cintura, hombre y mujer tiritaban humedad y frío tras muchas horas de escondite, mientras la patrulla iba y venía buscando huellas desde ese bendito de sauce y paja disimulado en la laguna. El silencio volvía lentamente al lugar invitando pasar al descubierto, la vista puesta en el peñón costero, donde aún ardía en el rescoldo un algo con aroma de cocido. ¿Por qué tanto silencio?, ¿por qué la pollona no salía?, no pareció precavido preguntarse el hombre, agotado por el hambre y el cansancio duramente contenidos. Abrió camino en el tupido pajonal, y detrás lo siguió su compañera. ¡Algo vamos a comer! alcanzó a mascullar en el apuro, en el mismo instante que manos férreas lo apresaban por el cuello, lanzándolo a la arena.
La épica historia de José Celestino “Gin” Troncoso había despertado mi
interés. Una calurosa mañana de Febrero del 2006, concurrí a su casa para una primera
charla que volcaría en el libro sobre la Historia de Puerto Curtiembre. Con
amplia sonrisa me invitó a pasar su compañera Isidora Bustos, más el me recibió
en silencio, de mal humor. Alegando dolores se tapaba el rostro con las manos,
actitud que mantuvo durante largos minutos. Un tanto desconcertado miré a
Isidora, quién hizo un gesto pidiendo comprensión. Me amoldé a esa situación
embarazosa, dándonos a la charla intrascendente mientras “Gin” persistía en terca actitud de rechazo. Mientras hablaba con
Isidora, no dejaba de observarlo a hurtadillas. Era un hombre recio, que pese a
su avanzada edad conservaba el porte atildado, de una estatura que en tiempos
juveniles debió ser superior a la mediana. De abundantes cabellos oscuros con
escasas canas, cuerpo delgado, vestido con camisa y bombacha de trabajo, botas
de goma de caña alta, sentado en un sillón de totoras, bajo un viejo naranjo
que despuntaba los primeros frutos del estío. A sus pies dormitaba un perro
oscuro, indiferente a nuestra presencia y al tránsito de gallinas que
picoteaban rastros en un patio de tierra sin gramillas. Sintiéndose ajeno a la
conversación y sin poder disimular la curiosidad, “Gin” comenzó a entreabrir
los dedos de su larga y huesuda mano, distendiendo la actitud hostil de los
primeros momentos. Conteniendo la ansiedad, continuaba el juego distractivo con
Isidora, sabedora como nadie del carácter y estados de ánimo de su compañero.
De improviso, su áspera voz cortó el aire de un intervalo, requiriendo sin
demoras: “¿se puede saber por qué carajos quiere escribir la historia de
Curtiembre?”. Sobresaltado giré hacia
él, que había bajado definitivamente las manos, mostrando su rostro curtido por
los soles ribereños, con una sesgueante cicatriz que desde el parietal se
extendía bajo el cuero cabelludo.
Se hizo un largo silencio mientras pensaba
detenidamente la respuesta, temeroso de provocar la reacción negativa. Busqué y
rebusqué las palabras más directas, inquieto ante su mirada inquisidora. “Piense
señor –creo que dije entre otras cosas- que si los viejos pobladores no
trasmiten la historia del pueblo, quienes les sucedan no van a tener la
oportunidad de conocer sus orígenes”. Mientras explicaba las razones del
proyecto, el humor de “Gin” había dado
un vuelco. Su rostro ya no tenía el ceño adusto cuando corrió el sillón
buscando las sombras del naranjo, al amparo de los rigores del sol del
mediodía. Sacó repentinamente sus manos del regazo, y con enérgico ademán dio
por terminada mi respuesta. Tras patear a un lado el perro que dormía, me indicó
que arrimara más la silla. Arrastrando al principio las palabras, que al
soltarlas salían claras y fluidas, dijo con resignación y melancolía: “Esto era
otra cosa, ahora el pueblo se está poblando de forasteros que han venido a
ocupar taperas y baldíos. Nosotros quedamos para mirar cómo van y vienen con
lanchas y automóviles, esperando que pasen los años. Que esto vaya a cambiar,
no lo creo. Si ello ocurre, tampoco voy a estar para verlo. Tal vez me salga
contar algo, cuando me junte en el recuerdo con los viejos compañeros. Muchos
ya se fueron, otros a la espera acomodándose el apero. Algo voy a contar, nada
más, lo demás averígüelo usted, si en eso anda. Solo para que sepan los de
ahora, que sus abuelos vivieron tiempos mejores, no los de estos que parece un
cementerio. Cuando era cuestión de tomar los aparejos de pesca y la escopeta,
meterse en el río o en el monte para volver con dorao, surubí, pacú, carpincho,
nutria, martineta, perdiz y liebre. Abundaba el pescado en la isla y la
guazunchada en el arroyo, cuando había monte y no este páramo sojero”.
Sorprendido por la correcta dicción y claridad
de sus conceptos, intenté en un momento dirigir el orden del relato, más tomó
aliento y continuó sin esperar ni admitir interrupciones. “Nací un 27 de Julio
de 1925 en Estación Sosa, Departamento Paraná. Mi padre fue don Eufemio Gadea,
a quién ni siquiera conocí porque murió de una puñalada en la espalda durante
una reyerta en una cancha de taba, seis meses después que mi madre me pariera.
Allí viví hasta los cinco años, cuando nos fuimos a Pueblo Tabossi con un tal
Hereñú que se juntó con ella. Luego a Paraná, cuando a mi padrastro lo mandaron
a la sombra. Ni de chico fui de
arriar, y la cosa no fue fácil en una ciudad grande y bochinchera. Cuando tenía
once años, un día de esos que no teníamos donde caernos muertos, me separé de
mi madre yéndome a vivir con unos pescadores a la Isla Santa Cándida. Después
anduve un tiempo solo, y otro tanto con mi padrastro cuando lo largaron de la
cárcel. Cuando él se volvió pál pueblo, yo junté mis cosas y me fui a otro
islote, donde hice un bendito de paja y cuero, calando espinel y trampero hasta
los 14 años. A los 15 me fui sin rumbo fijo entre las islas santafecinas, por
tantas que ni recuerdo. La mayor parte estuve en la Colastina, hasta que me
vine a la Espinoza cuando ya tenía 18 años, arrimándome a Puerto Curtiembre
cuando armé el bendito en Loma de los Burros. Venía de tanto en tanto a cambiar
pescado por harina, grasa, yerba, tabaco, y algunos buches de caña o vino
suelto. En una de esas entré a trabajar en campos de la Isla Curtiembre, como
hachero de don Antonio Tardelli. El me hizo hacer los papeles pá enrolarme y
votar en la Escuela. Por esas islas y otras más adentro, anduve en todos los
pesqueros: Paranacitos, Correntosos, Leyes, Malo, Gato, Pozojú, el Ahugao y
otros tantos. Siempre pesqué solo y bichos grandes, para comer o cambiar por
ropa y comestibles.
Era una vida dura, de andar solo y gediendo a pescao,
pero libre y sin apuros. Si no había pesca, comía patos, paloma, carpincho,
huevos de tortuga, miel de panal, o alguna calabaza que crecía sola. Crié
cachorros de lobitos, que andaban mansitos con los demás perros por la
ranchada, ladrando corto cuando estaban en celo o se arrimaba gente. Algún fin
de semana me iba pá Puerto Curtiembre. Por ahí tuve un entredicho en un bar con
algún parroquiano, por sonseras o cuestiones de polleras; con la Policía a cada
rato, cuando me quiso arrear pá el lao de la colimba. Eso de ser soldado nunca
me gustó, era pérdida de tiempo: como estar preso sin haber robao. ¿Que me iban
a enseñar los milicos?, si desde chico me crié con el cuchillo y aprendí a
tirar con una del 12 de un solo tiro, que cambié por un bote y perdí con la
taba dada vuelta. Como era mayorcito, me cruzaba a Curtiembre a carpetear
alguna güaina, pero la gente chismosa me había hecho mala fama. ¡Guarda que
anda el Gin!, era decir y salir juyendo. Después me junté con la Isidora, a la
que tenía vista desde chica. Me la llevé a la salida de un baile en “La
Esmeralda” de Don Victorio Vera. Juntó dos o tres pilchas y nos fuimos pá la
isla, donde tuvimos ocho hijos que ella solita pariera. Ni bien sentía que iban
salir los cristianitos, acomodaba unas pajas al lado de un sauce. Se prendía de
las ramas y los paría sobre las pajas. Cortaba la atazón con un cuchillo limpio
y filoso, se lavaba y lavaba el crío con agua de río, y se quedaba un rato
tirada en la tapera. Al rato ya andaba con la escoba y las ollas. Cuando vino
la gran creciente, compramos un terrenito al lado del arroyo Curtiembre. Después,
como el Chajá hice el rancho unos metros más arriba, y tuvimos dos hijos más”.
Llegado el punto, cesó de hablar tan de
improviso como empezó la charla. Volvió a tomarse la cabeza apretándose las
sienes. En mi afán, no medí los riesgos: “me contaron una historia suya, con
enfrentamientos y una fuga por el norte de Entre Ríos, ¿qué hay de cierto?”. El
silencio rubricó su respuesta, mientras cerraba los párpados echándose atrás en
el desvencijado sillón de esteras. Solo hizo un último ademán para indicarme
que me fuera. No me quedó más que recoger el grabador e intentar otro día el
regreso, lo que hice en reiteradas ocasiones con resultados diversos. A veces
contestaba mis preguntas, otras ni siquiera me miraba. Cuando tocaba el tema de
sus choques con la policía y el ejército, daba rodeos sin relatar detalles: “muchos
hablan por demás, porque están al pedo. Si me llevé una mujer pa’ la isla, fue porque
ella me pidió y me sentía solo. La milicada era prepotente, garrotera si lo
veía medio mamao. Con la patrulla anduve mal, Me dieron y les dí, me agarraron
y escapé, vinieron de costado y les dí la vuelta, nada más. Por eso la mala
fama, no por peleador ni ladrón de mujeres, solo porque quisieron garrotearme
de atrás y entre varios. Si alguien le va a decir que me escapé y me
chumbiaron, yo no lo voy a negar si cuentan lo que es cierto, ¡téngalo presente!.
Todos saben cómo fueron las cosas. Pero bueno, yo llegué hasta aquí, lo demás
pregúntele a los viejos como yo, si alguno queda pá echar el resto”.
Los interrogantes sin respuestas los fui
llenado con el relato de su compañera. Dice Isidora Bustos, que en solitarias
noches isleñas Gin le fue contando
cosas. Ella lo vio por primera vez, cuando siendo muchacho apareció por las
costas de Curtiembre. Entonces la cosa no pasó a mayores, por los problemas que
trajo su fuga con una mujer y la deserción de la colimba. El caso fue que un hombre
con chacra en la zona del Chilcal, le pidió que le construyese una canoa, y
allí fue Gin que en varios días
terminó el encargo. Una madrugada se fue a las islas con una de las hijas del
chacarero, que vestía de pollera blanca y tacos altos. Se hizo la denuncia, la
policía de Santa Rosa y Subprefectura los buscaron durante varios días sin
encontrarlos. Varios meses después, alguien pasó el dato de un bendito en un
pajonal sobre un desagüe de laguna, donde solían guarecerse por las noches.
Allí fue donde lo acecharon y simulando retirarse le tendieron la embocada. La
chica fue devuelta a sus padres, vestida con las mismas prendas que llevaba
puesta la noche que se fue de su casa. A él lo llevó la comisión policial de
Santa Rosa, trasladándolo a Santa Fe donde estuvo preso tres meses, hasta que levantaron
los cargos, como no podía ser de otra manera.
Como lo habían enrolado, un día le tocó el
servicio militar en un regimiento de Paso de los Libres, Provincia de
Corrientes. Le dieron varios días de licencia como premio a la custodia de las
urnas en Febrero de 1946, cuando ganara Juan Perón las elecciones. Al no regresar
al cuartel, enviaron en su búsqueda a un Sargento que lo convenció de
acompañarlo. Fueron a tomar el tren a María Grande, y esa noche el Sargento
salió con una mujer dejando a Gin solo en la pensión, que viendo la oportunidad
aprovechó para pegar la vuelta. A partir de entonces lo declararon desertor, y
se lanzó su búsqueda por la costa, arroyos e islas, con un pelotón de más de 30
hombres entre militares, personal de prefectura y policía de Santa Rosa. De día
vivía en enramadas arriba de los árboles, y al menor ladrido de los lobitos que
criaba se zambullía entre paja y camalotes, escondido durante horas en el agua.
Pasó bastante tiempo y un día alguien pasó el dato donde estaba y los milicos volvieron
a apresarlo. Lo llevaron de nuevo a la Estación de Ferrocarril de María Grande,
con destino al Regimiento de Monte Caseros. Cuando el tren en que lo
transportaban aminoró la marcha para cruzar el puente sobre el Mocoretá, pidió
ir al baño a la custodia que se quedó en la puerta. Rompió la ventanilla y se
arrojó a las aguas, escondiéndose en montes del sur de Corrientes y norte de
Entre Ríos. Anduvo esquivando gente de día, robando gallineros y durmiendo en
cementerios. Costeó el Basualdo, Guayquiraró, Ingá, La Mula y Espinillo, hasta
guarecerse en Isla Curuzú Chalí por la zona de Las Víboras. Mientras pescaba
para otros construyó una canoa, con la que un día se largó aguas abajo. Anduvo
por Helvecia, Saladero Cabal, Cayastá, recalando finalmente al sur de Isla
Curtiembre, más de dos años después de su fuga.
La policía no lo olvidaba y organizó varios
rastrillajes cuando sintió comentarios de que andaba de nuevo por la zona. Como
no hay dos sin tres, lo descubrieron una noche que bajaba de una enramada, y le
tiraron al bulto cuando se arrojaba al río. La patrulla que se alumbraba con
candiles, lo vio caer muerto en un barranco con raigones, con la cabeza
sangrando y medio cuerpo en el río. Seguros de que estaba muerto, marcaron el
lugar y acamparon para sacarlo con las luces del día. Por la mañana, el cuerpo
ya no estaba. Recorrieron la costa varias veces, sin encontrar huellas de
pisadas. Como esa noche había soplado viento y el rio se puso bravo, supusieron
que el cuerpo había sido arrastrado por las aguas. No se preocuparon más por el
desertor. Habían cumplido su deber y no causaría más problemas. A fin y al
cabo, el muerto bien muerto estaba, como dijeron después en el pueblo para escarmiento
de otros desertores. A todo esto, sonríe Isidora, Gin sobrevivía con un disparo de refilón en la cabeza, del que
manara mucha sangre. Pese al atontamiento y el golpe en la barranca, se quedó quietito
cuando lo alumbraron con el candil desde lo alto, respirando de a sorbitos en
el agua. Cuando las voces se alejaron, se dejó ir con la correntada hasta hacer
pié en la punta de un islote, donde se desprendió la faja vendándose la herida.
Se curó con yuyos y cenizas, tomando sol y mucha agua. De día dormía en la copa
de sauces y laureles, de noche cazaba y pescaba con la fija cualquier bicho, que
comía crudo evitando la fogata delatora. Un día se aquerenció en la ranchada del
Jorobado Martínez en Isla Espinoza,
con otro nombre por las dudas, sin saber que ya no lo buscaban dándolo por
muerto. Después se instaló frente al Cerro, en la boca del Colorado, pero por
entonces habían pasado más de diez años. Ni bien le avisaron que la pena había
prescripto, volvió a Curtiembre cuando pintaba los 29 años.
Dice Isidora que anduvo de miraditas con Gin hasta su fuga. Cuando apareció de nuevo por las costas de
Curtiembre, ella ya tenía 26 años. Después de un baile decidieron juntarse por
consejo de una hermana, que lo sindicó como buen candidato, con negocio de
almacén y bar en el Cerro. Lo cierto es que nada tenía cuando cargaron en la
canoa una cama, la mesa, un estante, y dos sillas que eran suyas. La llevó a la
isla y esa noche durmieron al aire libre, bajo unas chilcas. Al otro día Gin cortó unos alisos, que dobló para
hacer un bendito redondo, echándole paja encima. Tiempos después hizo un rancho
de varas de sauce. Allí parió y crió ocho hijos, mientras su compañero recorría
tramperos y espineles. Solo veían gente cuando se juntaban con pescadores en
tiempos de arribada, o cuando llegaba el acopiador de pescado que traía frutas,
yerba, azúcar, grasa, harina, fideos y noticias de lo que pasaba en Curtiembre.
Era una vida solitaria. Se vivía como podía, con remiendos en remiendos,
reservando las alpargatas para cuando iban a otros ranchos de paseo. No tenían
casi nada y sin embargo no pasaron hambre, porque alcanzaba con la caza, pesca,
recolección de frutos y miel. Lo carne que no se consumía en el momento, se
ahumaba o charquiaba. El pescado o el carpincho se colgaban en ganchos de los
árboles, cubiertos con ramas para evitar las moscas. No podía convencer a su
compañero de vivir en Puerto Curtiembre, hasta que un verano el río creció como
nunca, desbordándose por todos lados. Quedaron con toda la familia apresados en
un montículo, con el agua a media altura de las patas de la cama, por la que
subían hormigas dejando dolorosas picaduras. Un día llegó al extremo de que Gin
tuvo que atar la canoa a la cama. En esa situación los encontró un vecino, que
lo convenció de traer la familia al pueblo. Aquí compraron un terreno a su
abuela Encarnación Martínez, levantando un rancho de varas de sauce y paja,
hasta que se trasladaron un poco más arriba. Gin estuvo en el pueblo el tiempo
necesario, después se fue de nuevo sin esperar que las aguas bajaran. Volvía
por un rato, cada 15 días o algunos fines de semana, siempre así hasta que se
puso viejo, quedándose en Puerto Curtiembre cuando consiguió una pensión
graciable.
Desde la última charla que tuve con Gin Troncoso, antes de que falleciera el
26-6-2007 en el Hospital de Cerrito, llevo su imagen sentado bajo el naranjo, junto
a la épica historia que dejó de herencia. Esa recia personalidad y hálito
aventurero que construyera en tiempos juveniles, testifica una lucha de independencia
permanente, aun cuando el riesgo fuese una vida errante, peligrosa y solitaria.
Lo llamaron “Desertor” por su renuencia a cumplir el servicio militar. Raro
apodo a quién se rebeló al desarraigo de su naturaleza libertaria. Fue un transitador
infatigable del paisaje litoral, que amó hasta el infinito. Representante genuino
de esos luchadores del gran río, bien llamado por Pascal como el “gran camino
que camina”, al que respetaban porque conocían de memoria. Artesanos de una
pesca de otros tiempos, respetuosa de la presa y las medidas de captura. Se fue
con él, otro náufrago testigo de una época increíble. Un auténtico Lobo de Río:
“Mboaó /, patas cortas, cinco dedos. /
Lobo-pé, / zambullidor de los esteros. / Piel cambá / como la negra suerte de
la espera...”
(del libro "Puerto Curtiembre-Aquella Posta Fluvial" , Horacio E. Blanc, Ed. Uranga Impresiones, Paraná 2010)

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