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                                             TRAS UN MANTO DE NEBLINAS


En pocos meses se cumplirán 501 años del primer avistaje al archipiélago malvinense, realizado en el mes de Julio de 1520 por Gerónimo de Guerra, Capitán de la Carabela San Antonio, enviado por Hernando de Magallanes desde San Julián (Santa Cruz). 267 y 269 años, que en nombre de la corona francesa, en dos viajes sucesivos el marino francés Louis Antoine de Bougainville tomara posesión formal de las islas que llamó “Malouines”. 270 años del reclamo español, que exigiera a los franceses la devolución de las islas situadas dentro de los límites geográficos de la Gobernación y Capitanía de Bs.As. en la Provincia del Plata, dependiente del Virreinato del Alto Perú. 252 años, que tras resarcir económicamente a Bougainville, Francia devolviera a España las Islas ya castellanizadas como “Malvinas”. Luego, disputas con Inglaterra por su posesión, llevarían al arbitraje francés con la firma en Londres de la “Declaración de Masserano”, un 22 de enero de 1771. España se comprometía a la devolución del Port Egmont, con la reserva de su soberanía sobre las islas, estableciéndose por acuerdo privado el retiro de las tropas inglesas en Setiembre de 1771. Desde el 31 de Diciembre de ese año, habrán pasado 249 años, que sorpresivamente se produce la definitiva invasión inglesa, cuando a bordo de la Fragata Clío, el Capitán Inglés John James Onslow toma Puerto Soledad, izando el pabellón de la “Union Jack” del Reino Unido.

En la secuencia histórica quedará la rebelión del 26 de agosto de 1833, protagonizada por peones indígenas, mestizos, y esclavos negros, encabezada por el nativo de Concepción del Uruguay (ER) Antonio “Gaucho” Rivero, secundado por Juan Brassido, José María Luna, Manuel González, Luciano Flores, Felipe Zalazar, Marcos Latorre y Manuel Godoy. Los ingleses enviarían dos Fragatas inglesas, cuyos tripulantes persiguieron a Rivero y sus hombres por el interior de la isla. Agotados y hambrientos, serían apresados y traslados engrillados a Londres en Enero de 1834. Tras un dilatado proceso, el Almirantazgo inglés decidiría la liberación de los detenidos y  su remisión al Puerto de Montevideo. Algunos cruzarían a Bs.As. para integrar los Ejércitos de la Confederación Argentina. Se presume que Rivero murió 1845, en los combates de la Vuelta de Obligado, registrándose su nombre entre más ilustres de las epopeyas libertadoras.  

Desde entonces y hasta hoy, conflicto bélico mediante, los reclamos de la Cancillería Argentina fueron permanentes, tanto ante Inglaterra como en foros internacionales. Se propusieron fórmulas conciliatorias de arrendamiento, usufructo temporal con reserva de soberanía argentina, condominio compartido, etc. Todas se frustraron por la oposición de sectores conservadores de la Corona Británica, y sus afiliados “kelpers” apegados a un anacrónico colonialismo, pese a la histórica resolución 1514 de “Declaración sobre la concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales”, dictada por la ONU el 14 de Diciembre de 1960, reconociendo principios básicos a la libre determinación y la integridad territorial. Estas disposiciones servirían de fuente para la posterior Resolución 2065, tomando nota de la disputa existente entre Argentina y Gran Bretaña, e invitándolas a seguir sin demoras el cumplimiento de las disposiciones de la Resolución 1514. En 1973, el organismo internacional dictaría la Resolución 3160, reiterando la necesidad de aplicar las indicaciones previstas en la Resolución 2065.

En ese estado se llegó al máximo de las aproximaciones conciliatorias, con la adhesión del Presidente Juan Domingo Perón a las propuestas británicas de condominio compartido o de arriendo por 99 años con transferencia de soberanía a la argentina (“Solución Hong Kong”), que habrían de naufragar por el fallecimiento del líder justicialista, y la pusilánime actitud de Isabel Martínez ante la presión de sectores fundamentalistas de las fuerzas armadas, que tras su derrocamiento rechazaran la propuesta reiterada por Margaret Thatcher a través de su Secretario de Estado Nicholas Ridley.

Años de arduas gestiones diplomáticas reivindicando la soberanía de las Islas Malvinas, volverían a fojas cero en virtud de espurios intereses de coyuntura. En los estertores del sistema totalitario, la Junta Militar privilegió el enfrentamiento armado, en la búsqueda de una solución “gloriosa” que los exculpara de las graves violaciones a los derechos humanos. Y, seguramente, la búsqueda de una pírrica victoria que les permitiera lograr el clima político interno, para la continuidad en el cargo.

Allí empezó una simbiosis increíble. Leopoldo Galtieri y el Canciller Costa Méndez (devenido luego en gerente de empresas inglesas), pasearon su hipocresía en búsqueda del apoyo latinoamericano en la menospreciada OEA: de los comunistas cubanos de Fidel Castro; los sandinistas del Frente de Reconstrucción Nacional de José Daniel Ortega; del izquierdoso jefe del Perú Belaúnde Terry, etc. etc... De aquellos países que, junto a El Salvador y Honduras, soportaban la contemporánea presencia de militares argentinos adiestrando insurrectos en campamentos fronterizos financiados por la CIA. Hasta Liborio Flores Enríquez, diplomático, abogado, y piloto de la Fuerza Aérea Boliviana, estuvo entre los primeros de sus 25.000 connacionales, en presentarse como voluntario de las tropas argentinas. En el sainete criollo, un espejo de hermandad latinoamericana nos devolvió la cara de los auténticos amigos. Pese a los reiterados agravios recibidos, no dudaron en colaborar con aviones, armamentos y víveres para las tropas argentinas en Malvinas, sin poner objeciones de fronteras ideológicas.

Con los primeros impulsos, encumbrados dirigentes sociales, sindicales, y políticos, se unirían al aplausómetro mientras “otros ponían el cuero”. En una comedia de enredos y mentiras, ni la participación del seleccionado argentino en el mundial de España se detuvo. Ajenos a todo el dolor de la guerra, frente a la TV y en el confort del climatizado living de su casa, muchos gritaban de jolgorio o puteaban goles perdidos; mientras otros hermanos en los confines de trincheras isleñas, esquivaban balas, hambre, humedad y frío. Preparados para una mediática victoria, nadie quiso luego hacerse cargo de la derrota. Crédulos en sus poltronas, solo se levantarían ante la verdad que asombra. Y el asombro se les tornará indignación, cuando insólitamente un crucero inglés resurge de las aguas australes, para alojamiento y transporte de los prisioneros argentinos. Días después, la distorsión de las cosas prolonga el irreal discurso de un majestuoso general, ahíto en whisky y venido a menos. Saltando hacia la nada, Galtieri advierte a los televidentes que “se ha perdido una batalla, pero no la guerra”. Que, quién así no lo entendiera, “era un traidor a la causa”. Fue su último dislate, ante el coro de repudio social y de sus propias camaradas.

Pese a todo, la fecha del 2 de Abril de 1982, cuya conmemoración hoy nos convoca, quedará registrada en la historia nacional, por ser muy cara en el afecto de la inmensa mayoría de los argentinos. No por los espurios motivos y la impericia de sus promotores, sino como rémora al gesto heroico de aquellos combatientes que murieran, resultaran heridos, tuvieran secuelas o sobrevivieran en la cruenta lucha por un ideal compartido.

Seguramente fueran entrenados para obedecer órdenes, sin preguntar, ni cuestionar motivos. Seguramente fue un incentivo personal mayúsculo, que no reconoce egolatrías, lo que armó sus corazones en el amor al pedazo de tierra perdida. Tras la rendición de sus jefes, deberían soportar el largo y doloroso proceso de una culpa ajena: volviendo entre las sombras, ocultos en un nosocomio o regimiento perdido.

Con el retorno a la democracia, los Combatientes de Malvinas volverían a una nueva lucha en reivindicación de derechos no reconocidos. Algunas cosas han logrado, en tanto peregrinar por pasillos y despachos. Si es poco o mucho, aún no lo sabemos. Lo que si nos consta, es que ocupan un lugar imborrable en la historia contemporánea y de futuras generaciones.

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